jueves, 14 de marzo de 2013

Camino a Katmandú


Acabo de llegar de cenar en Katmandú con Alison, Patrick y Jimi. Jimi es un voluntario holandés que lleva trabajando aquí algo más de seis años, los últimos dos para VSO dentro del ministerio de educación. Un tipo risueño, barba cerrada y ligero acento germánico, buen conversador, que adorna su relato sobre la cultura nepalí con observaciones precisas sobre el contexto político y social, sin alardes, compartiendo. Venimos de comer en un sitio del Thamel, el barrio turísitico de la capital, las mesas en un patio interior en forma de U alrededor de un pequeño escenario en el que dos chicas bailaban una danza proveniente, según Jimi,  del este. Tengo la impresión de que se la ha jugado a un punto cardinal al azar, pero a ver quién le dice algo. A mí me parecía más una versión heterodoxa de las maracas, un baratanatyam de, si me apuras, el Suroeste, pero el cansancio me privó de la confianza para contradecirle. El cansancio y el recuerdo del diálogo con la azafata de Qatar airlines de esa misma mañana:

   - Disculpe, ¿de dónde es usted?
   - De Goa.
   - Eso es una isla, ¿verdad?
   - No, no, qué va.
   - Ah, cierto, ahora que lo dice… en el norte de la India, ¿no?
        - En el Sur.
    - Ya. ¿Y vuelve usted con frecuencia?
   - Voy dentro de poco, gracias. Se casa mi hermano en un par de meses.
   - Qué bien! ¡Un buen bodorrio hindú! Sabe, a mí una vez me invitaron a una recepción y –
   - Lo siento, pero es una boda normal, somos católicos.
   - ¿En la India? ¿Seguro? No me cuadra mucho.
   - En esa zona todos lo somos. Nos colonizaron los portugueses.

Así que decidí no decirle nada a Jimi.

La conversación continúa y nos cuenta cómo marcha la desmilitarización de la guerrilla, la repetición del poco éxito de la ONU y un pequeño encontronazo con uno de sus trabajadores, la reciente elección del primer ministro interino (ayer) que ha provocado la enésima huelga, le resta importancia al celo con el que le pregunto sobre las convenciones sociales, y nos recomienda un par de rutas por la montaña además de mucha información útil para acelerar el proceso de adaptación. Como vegetariano: lentejas, arroz, champiñones y algo parecido al tofu. Degusto una cerveza como si fuera la primera en mucho tiempo.

Una calle del Thamel
Estas últimas dos semanas han sido difíciles: despedidas que me van volviendo viejo, que decía el argentino. Cada cena, cada café, cada cerveza se revestía de una urgencia necesaria, dura, que presumo parte del proceso que dio con  mis huesos en Heathrow un día que parece que fue hace semanas, meses. Allí me despedí de un compañero (y amigo) que me pasó libros, artículos, consejos y mucho ánimo mientras sorbía el latte que condenaría algún portugués que conozco por snob.

De ahí al caos de Doha, donde conocí a Alison, una voluntaria de educación muy simpática, que viene enlazando un año en Camerún con los dos que va a pasar en la frontera con la India. Cuatro horas de transfer y vuelo a Katmandú con unas espectaculares vistas de la cordillera Himalaya. Al aterrizar nos tocó esperar a Patrick, otro voluntario de educación, y de ahí camino del hotel que se encuentra a cinco minutos del Thamel. El recorrido en coche hasta el hostal fue de esos que te dejan un viento en el estómago: el tráfico parece regirse por una mezcla de aleatoriedad y casualidad ante la indiferencia de la autoridad, una armonía dentro del caos que entreteje las trayectorias de personas, coches, bicicletas, animales y polvo, mucho polvo.

2 comentarios:

  1. Victooooor,
    al final no pude ir a verte a Londres para despedirme. En fin te seguire por el blog.
    Besos desde Yogyakarta...

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  2. Que gran literato... y que gran aventurero!! Suerte en esta nueva etapa de tu vida, espero poder visitarte pronto!! Un abrazo!

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